En ellos, salen a relucir la vieja disputa por una hegemonía cultural en la que los desplazados son los mismos que históricamente han sido enajenados de sus formas de habitar los territorios de celebración, acaso aquellos que mejor nos retratan. Es el mismo fenómeno que ha convertido el carnaval de Oruro en un aparato comercial e ideológico descomunal.

Como dice una vendedora de dulces en puertas del último Electropreste, en ese festejo todas las cholas “son chutas, todas transformers”. Se trata entonces de un cholet sin cholas, un carnaval sin indios, una fiesta sin el otro.

Entonces los Electroprestes son una forma más de volver sobre el mito del mestizaje, de la hibridación y la diversidad. Y, desde la experiencia misma, es volver a derribarlo. ¿Si la homogenización es la norma, si el contacto con lo cholo tiene una mediación profiláctica, si lo alteño y “los alteños” tienen un rol meramente ornamental, de qué conjunción estamos hablando? La fiesta es de quien se impone y es capaz de pagarla, aunque mal pague.

Porque más allá de estas divagaciones sociológicas, el gran mérito en el trabajo de Mamani y Galindo es revelar las condiciones de desigualdad, entre sus distintos participantes, en las que se desarrolla un negocio que por lo bajo mueve unos 50 mil dólares.

Que una de las mujeres encargadas de la limpieza de los baños gane prácticamente lo mismo que el precio de una sola entrada, de las 1500 vendidas, es el síntoma más claro de las lógicas de exclusión e injusticia que promueven y reproducen eventos a primera vista inocuos, baladíes. Ni hablar de los jóvenes guardias que ganan menos de 180 bolivianos, el costo por “vivir la experiencia electropreste”. O aquellas trabajadoras que, aparentemente, ni siquiera recibieron una remuneración económica.

Que gran parte de la intelectualidad dé por sentadas estas reflexiones y desmerezca el acercamiento a un hecho coyuntural y, de alguna forma, urgente, por estar más ocupada en mirarse el ombligo y ejercitar una larga letanía de citas bibliográficas inservibles, también es un síntoma de un elitismo mellizo de los Electroprestes. Pero no estamos aquí por eso.

Parafraseando a la ícono del esnobismo cultural clasemedia paceño, Verónica Pérez, vocalista de Efecto Mandarina, hay un impulso por “tomar el espacio” de poder del otro que acostumbramos subalterno. En el ejercicio de “salir del ghetto blanco”, hay una violencia implícita que apunta a desplazar al otro del capital cultural, social y económico que ha conquistado, para devolverlo al rol de dominado.

En los Electroprestes hay una domesticación camuflada e insistente de lo cholo, porque cuidado se nos vaya de las manos.

Como dijo uno de los asistentes, que se declaró a sí mismo como un desclasado, “me da asco, pero ahora soy parte de esto y me gusta”. Desde aquí, desde estas líneas, poco o nada podríamos complementar. Es una sensación compartida.

En resumen. ¿Este extenso y rico reportaje radial es una novedad? No. Es contextual, necesario e, incluso, urgente: sí. Por eso, escúchalo a continuación:

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